REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

DISCURSO DEL ACADEMICO ELECTO EXCMO. SR. D. JACOBO HACHUEL MORENO

Leído en el acto de su Recepción Pública
El día 27 de junio de 1990



Enlaces de interes:

-Hojas de Hierba

-Jacques Hachuel Collection

Señores Académicos:

Comparece hoy con intensa emoción ante esta impresionante asamblea, un mercader -un empresario, como ahora se dice-, abrumado por haber sido elegido académico de honor, distinción reservada, según el documento fundacional de esta alta institución, a las personas de calidad aficionadas o conocedoras de alguna de las artes plásticas.

Acepto con humildad el honor que se me hace, y que constituye, lo declaro paladinamente, un reto y una invitación. Un reto que habrá de impulsarme a brindar mi leal saber y entender a la modernización de la bellísima Calcografía Nacional; y una invitación, amable y sugestiva, a seguir siendo, en la medida de mis fuerzas, un puente que tiende la Academia hacia estos mercaderes de hoy, multifacéticos e internacionales, que a menudo buscan, en medio de la competencia y el prosaísmo de la empresa moderna, el aliento humanista del enriquecimiento artístico y espiritual que ustedes, hacedores del Arte y proveedores del ingenio, aportan cotidianamente a la sociedad con impagable generosidad.

Cuando don Raimundo Fernández Villaverde abandonó la presidencia de la Real Academia de Jurisprudencia, don Segismundo Moret fue invitado a sucederle. Moret iba demorando el día de su toma de posesión, hasta que fue instado a pronunciar cuanto antes el ritual discurso. Compareció en la sala con un grueso fajo de cuartillas en la mano, y derrochó durante más de una hora su verbo pulcro y elocuente. Al finalizar el acto, Moret dejó olvidadas sus cuartillas sobre la mesa, y así se pudo comprobar que las hojas estaban en blanco. Créanme que no será éste mi caso: aquí les muestro mis cuartillas trabajosamente emborronadas. Las palabras que voy a pronunciar han sido hilvanadas gracias al esfuerzo pertinaz de quien no tiene por oficio la oratoria ni el discurso. Ni ustedes esperan, ni a mí me toca pronunciar, en consecuencia, una intervención erudita. Apenas he esbozado algunas reflexiones, sin duda intrascendentes, sobre mi mismo, y algunas más sobre esta trama común que, de alguna manera, nos vincula a todos cuantos estamos aquí: la pasión por el Arte, que unos crean como pulsión irreprimible, y que otros consumimos e interiorizamos, como alimento benéfico que nos eleva hasta sobrevolar la ingrata materialidad de nuestras diarias rutinas.

No he de disimular ante ustedes lo enormemente gratificante que para mí resulta este alto nombramiento que, de alguna manera, da predominio, en el hombre sencillo que yo soy por vocación y por oficio, a la vertiente más compleja y sutil de quien ha transitado por el mundo del cine y la producción teatral, de quien siente irreprimible interés por la música y la arquitectura, de quien, en fin, es ávido e infatigable coleccionista de arte contemporáneo, de este arte nuestro de este siglo nuestro. Orgulloso, pues, de esta investidura honorable que me asignan, les manifiesto mi gratitud a todos y cada uno, aunque, a fuer de agradecimiento, he de hacerlo en particular a los Excmos. Sres. Académicos D. Miguel Rodríguez Acosta, D. Alvaro Delgado Ramos, D. Manuel Rivera Hernández y D. Ramón González de Amezúa, por su propuesta para que apoyase la gran obra de la Calcografía, y de manera singular a mi muy querido Excmo. Sr. Monseñor Federico Sopeña, por su patrocinio y apoyo.

Creo que cumple en esta hora, y me perdonarán ustedes la hipérbole, un somero recuento del largo camino que me trae hasta aquí. Me he de remontar a mi juventud en Tánger -ciudad entonces de gobierno y status internacionales-, de hombre de la diáspora, heredero directo de aquella peripatesis, más bien forzada, que recorrió el mundo entero, que acrisoló y fundió culturas, las hizo circular, y supo, en amoroso gesto, conservar cinco siglos el legado de la lengua hablada -canciones incomparables y palabras hogareñas de la infancia-, con cuyo bagaje entrañable retornamos algunos a la añorada y nunca olvidada Sefarad.

Tuve, como tantos otros, una vocación frustrada en el campo de la música, una afición política que no ha llegado a cristalizar pasados los años, un amor indefectible por la pintura, la escultura y la gráfica, y también por la arquitectura, el cine y el teatro; por todas las artes, en fin, tan ligadas unas a otras. Pero todo ello bajo el equipaje principal de lo que proyectaba ser y realmente fui: un mercader.

Escribió Borges: “Marco Polo era un mercader, pero en tiempos medievales un mercader podía ser Simbad. Por el camino de la seda, por el arduo camino que fatigaron antiguas caravanas para que un paño de figuras llegara a manos de Virgilio y le sugiriera un hexámetro… Marco Polo sabía que lo que imaginan los hombres no es menos real que lo que llaman realidad”.

Yo también he traído, metafóricamente, paños finos de Oriente. Pero he sabido admirar el milagro de Klee: citemos aquel dibujo que muestra, con increíble exactitud, un esquema idéntico a una estructura atómica, pintado cuando aún nada se sabía de la física nuclear.

También escribió Borges que “en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas”. Mi suerte ha sido que mi mensurable finitud ha sido fructífera. Si no me han ocurrido todas las cosas, quien les habla ha tenido una vivencia intensa en su interminable rodar por el mundo, comerciando, viendo, admirando. Intuyendo y aprendiendo. Tratando siempre de colmar la vida, de no dejarla unidireccional y escueta.