REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

DISCURSO DEL ACADEMICO ELECTO EXCMO. SR. D. JACOBO HACHUEL MORENO

Leído en el acto de su Recepción Pública
El día 27 de junio de 1990



Enlaces de interes:

-Hojas de Hierba

-Jacques Hachuel Collection

Apuntes sobre el tiempo y el devenir

El tiempo que nos ha tocado vivir ha significado, pues, en alguna medida, la ruptura de la sincronía entre la creación y la vida. Con todo, quien hoy les habla es un coleccionista de nuestro siglo, dedicado a gozar de aquellas obras que no han perdido el nexo real con el tiempo, que no se han desvinculado del ritmo que rige el entorno económico y social en que se desenvuelve su quehacer diario. Nunca como ahora fue tan verdad, a mi juicio, la soberbia afirmación de Bacon: “El arte es el hombre añadido a la naturaleza”.

Yo soy de los que creen que, a pesar del progreso científico, del imperio de la cibernética, del auge de la tecnificación, sólo el poeta, el artista, el hombre, en suma, es capaz de desentrañar el tiempo futuro. La intuición no es nunca cartesiana: es necesariamente estética. Sólo quien tiene una particular sensibilidad es capaz de acceder a las esferas freudianas de su inconsciente, de alcanzar a ver los presagios con que la humanidad sugiere su propio futuro. Inevitablemente he de volver al dibujo de Paul Klee que les citaba antes, muestra de esta sensibilidad del artista abierta al espíritu de su época.

Ya se habrán percatado ustedes de mi obsesión por el tiempo, como coordenada esencial de la obra artística. En este devenir inasible se funden la filosofía, la ciencia y el arte. Para Maimónides, el tiempo nació en un momento determinado, como las demás criaturas. Einstein y Giordano Bruno creyeron en un tiempo eterno. En el siglo XX, las especulaciones se hacen, si cabe, más arduas: Einstein utiliza sus ecuaciones fundamentales para describir un modelo de universo estático, aunque, en cierto sentido, curvilíneo; tiempo y energía entran en relación. Hoy, tras el descubrimiento de los fotones individuales, el concepto de un universo estático ha sido sustituido por el de universo en expansión, surgido del apocalíptico “big-bang” originario.

Pero descendamos de la trascendencia abstracta y tratemos de aprehender, a escala más asequible, el tiempo concreto de la generación de un cuadro; contado por Madlener:

Imaginemos que Jackson Pollock, el gran pintor norteamericano, realiza en cuatro o cinco días uno de sus cuadros de la última época, la del expresionismo abstracto -o “action painting”-, la de la reacción contra la abstracción armónica y geométrica (de Mondrian, de los artistas de la Bauhaus), pocos años antes de morir trágicamente en un accidente de automóvil.

Imaginemos, digo, la secuencia cronológica:

Primer día:

Ante él el lienzo blanco, desafiante. Imprime una primera capa de pintura blanca uniforme. Traza la división longitudinal del cuadro en dos partes: la izquierda representa el exterior; la derecha, el espacio interior. A continuación, sitúa una mancha, un “collage” con un trozo de tela. La mancha exige una segunda mancha, oblicua.

Traza una diagonal, una ventana. La diagonal puede ser un árbol que sólo se ve desde el exterior. A continuación, más diagonales cruzadas. Podríamos pensar que el cuadro está completo, terminado.

Segundo día:

Aquella parte del lienzo que se había mantenido en blanco se recubre de un estucado marmóreo; aparecen manchas, como de verde paisaje refrescante; unas pinceladas rojas evocan una cabeza; una capa verde inmoviliza dos manchones abajo, a la derecha. El lienzo, totalmente pintado, parece concluido.

Tercer día:

Se ha endurecido la obra, perdió su fluidez. La técnica del “dripping”, el chorreo, al recargarse, ha oscurecido el cuadro. Y el artista sigue luchando con el lienzo. Aparecen líneas que subrayan los primeros actos espontáneos. En una esquina surge, lúdico, un dibujo infantil, un guiño al conjunto. Las ventanas originales se cierran con cristales, se vuelven objetivas.

Cuarto día:

Concluye la sinfonía en cuatro días de tiempo subjetivo, espiritual, del pintor, capaz de retrospección o de anticipación. El tiempo del cuadro es el rastro de la historia que contiene, es el proceso de creación, el movimiento, la memoria y la imaginación. Desde este punto, concluido el parto, alumbrada la creación, los actos sucesivos que componen la obra se han vuelto mágicamente simultáneos en la visión definitiva. Desde este momento, el observador recorrerá el cuadro, sus elementos, infundiendo desde fuera su ritmo propio, su percepción y su memoria. Creador y contemplador realizan así la síntesis prodigiosa: dos tiempos fundidos, dos sensibilidades imbricadas.

Cada creador alumbra su propio mundo, de forma que quien observa cada universo cromático obtiene, en cada caso, sus propias impresiones.

En Klee, nuestra mirada crea su propia partitura, en contraste con la música, en que el desarrollo temático se hace, en general, rítmicamente. La pintura es más libre.

En Cézanne, el espacio se construye a partir de la franja inferior del cuadro: la base.

En Malevitch, cada lado del cuadrado negro presenta la misma relación con respecto al centro. El cuadrado parece flotar en el espacio.

En Klee se combinan ambas impresiones: hay una flotación, pero también la presencia de una base. Y dice Klee, para disecar su técnica: “Dividimos una banda alargada blanca en siete campos, y cubrimos seis de ellos (a excepción del séptimo) con una fina capa de pintura a la acuarela roja…”. Y va Klee mezclando colores en una adición de sumandos diacrónicos. Es su método personal de medición del tiempo.