REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

DISCURSO DEL ACADEMICO ELECTO EXCMO. SR. D. JACOBO HACHUEL MORENO

Leído en el acto de su Recepción Pública
El día 27 de junio de 1990



Enlaces de interes:

-Hojas de Hierba

-Jacques Hachuel Collection

Arte y sociedad

Este profundo fenómeno de identificación del creador con lo que le circunda es, a mi juicio, la característica esencial de nuestro siglo. El artista participa también, como actor privilegiado, en el escenario universal en el que nos movemos los empresarios, los financieros, diré más, en el que se desarrollan los fenómenos políticos, científicos, físico-matemáticos y socioeconómicos.

El hecho de ser coleccionista del arte de nuestro siglo -un privilegio personal, lo reconozco- es, pues, un ritual de participación. Uno no se aísla del mundo para contemplar la obra atesorada; por el contrario, se introduce en lo universal, entra en estratos vitales de gran intensidad, se ve envuelto por este tiempo denso y progresivo que vitaliza el devenir precipitado de lo contemporáneo.

Escribió Oscar Wilde, con su agudeza admirable, que “los artistas, como dioses griegos, se revelan solamente el uno al otro”. Pudo ser así en un tiempo en que el arte era más fosilización que movimiento. Hoy, en cambio, el arte es un ingrediente más del complejísimo proceso humano. No hay artista si no hay seducción; y no hay arte si quien lo pretende no se llena de humanidad, no se hace carne mortal, no participa intensamente del pensamiento común, no se convierte en hilo conductor del curso del progreso.

No creo que yo pudiese ser coleccionista de arte en otra época. Porque la colección no es un patrimonio abstracto: forma parte del entorno vital, es testimonio vivo de Freud y de su inconsciente personal; de Jung y de su inconsciente colectivo; de Einstein y su tiempo eterno; de Marx y de su peculiar e influyente visión de lo social.

Esta es la hora de

Picasso, Mondrian, Malevitch y Klee,
Schoenberg, Berg y Webern,
Joyce, Kafka y Proust.

Todo este repertorio de nombres insignes, finalmente homogéneo aun en su evidente dispersión, en sus contradicciones, y a pesar de que sea imposible fijar una ilación argumental que vincule al conjunto, sí nos da la posibilidad de establecer una correspondencia entre el universo creativo del siglo y todas las demás especialidades humanas: la política, la religión, lo social, lo económico, lo científico, aun al margen de la estética en sí misma. Ganivet lo intuyó admirablemente en su “Idearium”, aun en el ámbito limitado de su pensamiento: “La síntesis espiritual de un país es su arte. Pudiera decirse que el espíritu territorial es la médula; la religión, el cerebro; el espíritu guerrero, el corazón; el espíritu jurídico, la musculatura, y el espíritu artístico, como una red nerviosa que todo lo enlaza y lo unifica y lo mueve”. Hoy, en un mundo de fronteras permeables, de una internacionalización creciente, de un pensamiento universal, el arte es la síntesis, a su vez testimonial y catalizadora, de todo lo que genéricamente puede llamarse civilización.