REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

DISCURSO DEL ACADEMICO ELECTO EXCMO. SR. D. JACOBO HACHUEL MORENO

Leído en el acto de su Recepción Pública
El día 27 de junio de 1990



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-Hojas de Hierba

-Jacques Hachuel Collection

La crisis económica y social del sistema industrial: el conflicto petrolero

Quien les habla, como les decía, ha ejercido durante muchos años la arcana profesión de comerciar. Fue, es, un modo como cualquier otro de servir a los hombres, de hacer operativa y fructífera la organización social. Siglos después de aquellos mercaderes que traían sedas finas y especias de Oriente, pero con el mismo espíritu, yo he traído conmigo recursos minerales, materias primas que salen de la tierra y… petróleo. He vivido, pues, muy de cerca la crisis petrolera que, inesperadamente, ha cambiado la faz del mundo, ha quebrado innumerables certidumbres occidentales y ha sido el germen, más remoto o más próximo, de trascendentales convulsiones ideológicas que hoy día están bien a la vista, ante el desconcierto y la falta de iniciativa de algunos que tienen en sus manos el devenir de la Humanidad.

Tras la segunda guerra mundial, todo parece estable, inamovible en el nuevo orden recién creado. Stalin, en la URSS, consolida el colectivismo que es modelo de solidaridad en el este y el oeste; Mao, en China, dogmatiza sobre el socialismo desarrollista del Tercer Mundo; las democracias occidentales se afianzan a pesar del acoso de las utopías… Pronto se advertirán, sin embargo, los primeros síntomas de la crisis.

A finales de la década de los sesenta y a principios de la de los setenta se empiezan a manifestar graves desajustes financieros y monetarios -serias des-harmonías de la melodía mundial, diríamos en el lenguaje esotérico de la música-, sobreviene la inconvertibilidad del dólar, se hace patente, en fin, que el modelo occidental, predominante, tiene serias fisuras. Y acaece, en fin, en 1973, el conflicto del petróleo. Los países de Oriente Medio, hasta entonces proveedores mudos de energía, cogen a contra pie a los políticos, reducen a cenizas sus previsiones. Nunca se había planteado siquiera el mundo occidental la posibilidad de aquel desafío. Los países ricos se empobrecen, pero consiguen adaptarse; sin embargo, el suceso es trágico para las naciones subdesarrolladas o en vías de industrialización. Con todo, aquel suceso constituye la coartada para los responsables económicos que les permite justificar el desorden monetario y financiero que pondrá en jaque a todo el sistema, aparentemente firme e inmutable hasta bien poco antes.

Sea cual sea, en fin, la explicación de la crisis, lo cierto es que aquellos hechos inesperados revelaron la impotencia de la ciencia económica tradicional, incapaz de hacer frente a las bruscas mutaciones de los factores económicos, así como de ofrecer opciones alternativas a los procesos de producción, ni respuestas a la evolución de las necesidades del ser humano.

Pero tampoco aquella crisis indujo el necesario esfuerzo de realismo. Las interpretaciones y los análisis fueron contradictorios: el monetarista atribuyó las incoherencias del sistema a la globalización de los mercados y a la internacionalización de los capitales; el keynesiano dogmatizó sobre la ausencia de un relanzamiento cabal y concertado, promovido por la iniciativa pública preferentemente; el marxismo vio en aquellos sucesos el final del capitalismo monopolístico. Y el ciudadano, como siempre, asistió perplejo a la desconcertante controversia.

Naturalmente, aquella crisis, de tanta envergadura en lo económico, tenía que reflejarse en todos los ámbitos humanistas, agravando los riesgos de deflagración y de desintegración social y cultural. La crisis económica tuvo una consecuencia esencial: los países desarrollados, estimulados por el reto que suponía la ruptura del tradicional “statu quo”, iniciaron una importante revolución tecnológica en busca de mayores cotas de productividad para sus procesos industriales. Y surgió la era de la informática, el nacimiento del ordenador concebido como “máquina universal”. Ha dicho Pierre Levy que la informatización representa “la toma del poder del cálculo sobre el lenguaje”, entendiendo por lenguaje la propia visión del universo. En consecuencia, la cibernética supone también la pérdida del contacto del hombre con la realidad, la desculturización, la des-harmonía, la nueva era en que todo, hasta el azar o la espontaneidad, será codificado.

Semejante mudanza de criterios y, sobre todo, de valores, no es inocua para el mundo del arte. La maquinización, la deshumanización, la tecnificación, suponen para el artista, para el creador, una pérdida de función, tanto en el campo ideológico como en el político y en el económico. La estética y el arte se ven eclipsados por una oleada ascendente de racionalismo tecnocrático, las ideologías sufren un retroceso e incluso sucumben ante la eminencia del pragmatismo que deriva del superior imperio de los “robots”. Decrece el influjo del arte y de la creatividad sobre el cuerpo social; frente al “establishment” prestigioso e influyente de la Bauhaus, el arte moderno se vuelve, en cierto modo, testimonial y marginal, se crea un abismo de ruptura entre lo científico y lo estético, entre la cultura práctica y la filosofía.