REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

DISCURSO DEL ACADEMICO ELECTO EXCMO. SR. D. JACOBO HACHUEL MORENO

Leído en el acto de su Recepción Pública
El día 27 de junio de 1990



Enlaces de interes:

-Hojas de Hierba

-Jacques Hachuel Collection

El nuevo coleccionista

¿Cómo casar, entonces, una colección de obras de arte en un ambiente doméstico? ¿Cómo ejercer, en suma, la vocación del coleccionista, del acaparador de este irracional casi absoluto?

Más de una vez me he parado a considerar este asunto, tratando, quizás, de dar apoyatura lógica a la simple evidencia. Pero no hay modo de establecer cánones en el caos. Mi vivienda, la vivienda de un mercader, es, probablemente, un reflejo del desorden cósmico en que hoy se mueven las disciplinas artísticas. Ella es un escenario magmático, de arquitectura quizás “desconstructiva”, que reúne en una especie de harem los amores intelectuales que me embriagan. La potencia musical está presente: hay pianos e instrumentos por doquier. Están los libros, la biblioteca de Pablo Neruda, los libros propios, incluso los editados bajo la experta batuta de Luis de Pablo. Hay un laberinto hermoso de esculturas en un paisaje de encinar y pradera. Las obras maestras cohabitan armónicamente con ejemplos de técnicas avanzadas en ciertos territorios lúdicos…

Y está la colección. Elvira González, comisaria de la misma, la describe con estas expresivas palabras…

“Es una colección hecha con sentido de la aventura, la aventura de un coleccionista que contempla las diferentes tendencias del siglo XX, que refleja con pasión la versatilidad de lo universal. Es la curiosidad por vivir lo que da nuestro tiempo; por eso deja las puertas abiertas a todo lo que hay todavía por crear, sin cerrar nunca un ciclo, vivo testimonio de su época. Siguiendo el ejemplo de Picasso, no desdeña el pasado, sino que, siendo respetuoso con él, muestra una gran fe en el futuro”.

La colección y mi entorno pretenden, entonces, un designio globalizador: el coleccionista se integra en el maremágnum, forma parte de él, goza de la simbiosis real con el marco prodigioso que se ha fabricado, también instintivamente, como el arte mismo; también irracionalmente, guiado por simples intuiciones depuradas de inercias deformantes…

La conciencia de posesión de este escenario genera -¿a qué negarlo?- un indudable placer. Pero el coleccionismo del siglo XX, aquel que verdaderamente forma parte del universo que lo acoge, el que aspira con sensibilidad el verdadero viento liberador de la obra que acopia, no se para a las puertas de la propiedad: de una parte, se siente depositario del deber inexorable de ser portavoz, en el sentido más amplio de la palabra, del tesoro que ha reunido; de otra parte, desea dar verdadera proyección social a la colección, contribuir a que su pasión, la conquista de la belleza estética, se abra camino en un mundo de materialidad y deshumanizada competencia.

Cada hombre es fruto de su tiempo, aunque haya que reconocer también, acto seguido, que nada hay nuevo bajo el sol. Desde que Caius Cilnius Maecenas, ministro del emperador Augusto, patrocinó los trabajos excelsos de Virgilio y de Horacio, siempre ha habido iniciativas por las que quienes podían permitírselo fomentaban la creatividad, protegían e impulsaban la cultura, actuaban de acicate de la creación artística. En nuestros días, el viejo capitalismo, reconociéndose falto, quizá, de valores trascendentes, ha recorrido un largo trecho por este camino, y hoy, gozosamente, las empresas privadas están buscando su propia legitimidad mediante el apoyo al arte, el fomento de la actividad cultural. Las empresas buscan, en suma, una “ciudadanía” que las acredite como agentes nobles del proceso social y económico. Adolf Berle, un antiguo colaborador de Roosevelt, acuñó en un famoso libro –El capitalismo americano: el poder compensador- un nuevo concepto: el de la “conciencia del rey”, es decir, “la certeza de que una ley superior se impone siempre, en determinados momentos y de cierta manera, a los príncipes, a las potencias y a las instituciones de este mundo”. Dicho de otro modo, ningún poder, por poderoso que sea, puede hurtarse a la filantropía que le otorga la legitimidad. Dicho paladinamente y sin rodeos, el capital, el beneficio, deben ponerse al servicio de la sociedad, para que, en palabras que fueron de mi amigo Ramón Areces, vuelva a la sociedad al menos una parte de lo mucho que ella generosamente nos entregó.

No creo que sea necesario describir ante ustedes la función social que puede desempeñar una colección de arte. En mi caso, la fundación que represento ha suscrito ya un convenio con el Ministerio de Cultura para divulgar convenientemente sus fondos. Pero, más allá de este papel tasado y formal, el coleccionista juega otro, si cabe más valioso todavía. Porque, al tiempo que reúne, protege y conserva el acervo artístico, consigue darle vida propia, estructurarlo en un todo coherente y armónico, antes de que los fondos lleguen a la hornacina de los museos. En definitiva, el coleccionista anima el arte, tanto con su función de mecenazgo -de descubrimiento y ayuda a nuevos valores- como con la de orientar e impulsar las nuevas tendencias con su premonición e intuición, que engarza nuevamente con el inconsciente freudiano. El coleccionista verdadero no sólo es testigo de su tiempo, sino que empuja al tiempo hacia el futuro en una dirección determinada: la que le marcan sus propias preferencias. Y, al cabo, la inmensa mayoría de los nuevos museos se nutren del legado de colecciones privadas, que marcan hitos en la historia imperecedera y dinámica del arte.

No les canso más. Sepan todos ustedes que esta distinción es para mí el mayor acicate para fortalecer mi pasión de coleccionista, y también para que esta pasión sirva cada vez más a la comunidad. El verdadero amante del arte debe hacer de él ingrediente de trabazón social, testimonio del tiempo en que vive. Créanme, pues, cuando les digo que este modesto mercader se siente muy unido a su labor creadora, se siente partícipe de sus aspiraciones, y hará cuanto esté en su mano para que esta docta Institución española alcance sus nobilísimos fines de promoción del arte y la cultura.

Muchas gracias.